Hace un par de meses llegó a MI ESTRELLA DE MAR un artículo con un título que me llamó la atención, más si cabe por haber sido escrito por un médico: “Ayudar, aunque llore en el alma”. Lo firmaba Ricardo Ricci, profesor titular de la cátedra de Antropología Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán, de Argentina.
El contenido del texto se centraba en el significado de la Medicina vocacional, con la denuncia de que no es posible establecer una relación médico-paciente basada en su posible coste-beneficio.
El relato entrelazaba las reflexiones pedagógicas en voz alta hacia sus colegas compañeros, y las críticas al sistema sanitario al que nos están abocando a médicos y pacientes, personas ajenas a la medicina cuyos criterios y objetivos son única y meramente economicistas, no de salud.
Y las consideraciones de este texto me llevaron a las mías propias, girando alrededor de una principal: que la salud es el bien más preciado a salvaguardar; y por ello, de mirar el gerente hospitalario actual en global esa “economía administrativa” que prioriza de constante sobre el paciente, se daría cuenta que esta debería quedar subyugada a otra de mayor peso a medio y largo plazo: la economía estatal.
Porque un Estado no funciona si no se ponen los medios para prevenir, y en su caso recuperar -o mejorar- la salud de sus ciudadanos. Es tan simple como que si hay salud, hay productividad y capacidad para elaborar proyectos, trabajar más años y un largo etcétera; sino, no.
El ciudadano no es un mero saco de carne y huesos que viene a nacer con el fin de ser utilizado como mula de trabajo, con un número de horas que a diario machaque su cuerpo y su mente desde la infancia hasta que se rompa sin importar nada más, educándole (doblegándole) desde que tiene uso de razón para hacerle creer que esa es la situación “normal y deseable”, al estilo de “The Wall” de Pink Floyd, o de “Metrópolis” de Fritz Lang.
Estamos en el siglo XXI y los criterios economicistas deben pasar por ser además, inteligentes en su expresión más global. Si se quiere “mano de obra” productiva, duradera y que dinamice el Estado, cada uno dentro de su escalafón, hay que prevenir la enfermedad (dando al ciudadano una mejor calidad de vida, ofreciéndole un entorno sin químicos tóxicos, y una vida plena y sana acorde con los biorritmos y necesidades de su cuerpo, como ser vivo que es); y si la enfermedad se ha establecido ya, hay que atenderle de forma real, activa, positiva e individualizada.
A la vez, no vendría mal re-establecer una relación entre Administración y administrados transparente, humanizada y respetuosa, donde el ciudadano tuviera mecanismos reales de Poder con los que hacer valer sus intereses y con los que vivir con la mayor calidad de vida posible (sea esta corta o larga).
En fin, como veis, el artículo que ahora os paso me hizo reflexionar. Además, a día de hoy ha recibido los comentarios elogiosos de más de 140 personas dentro de Intramed -la revista médica que lo alberga-, la mayoría de colegas de diferentes países. Incluso ha motivado la creación de un foro dentro de la revista, denominado “¿Cuál es el lugar de la Humanidades en la educación médica?”, para intercambiar opiniones entre los profesionales de la salud y este doctor.
El artículo que ha continuación transcribo se lo dedico a aquellos profesionales de la sanidad –públicos y privados- que siguen mostrando humanidad, respeto y empatía por sus enfermos; que siguen amando su profesión (a pesar de desarrollarla en entornos áridos a sus peticiones o a la posibilidad de ejercer su profesión de mejor manera); que siguen creyendo en sus pacientes (a pesar de que no sepan agradecerlo siempre); y que siguen luchando y avanzando para ellos (investigando, aprendiendo del día a día, y reconociendo que porque haya cosas que no conozcan -ellos o su disciplina-, no quiere decir que “no existan” o que el enfermo que las narra sea un hipocondríaco o un “loco”…
Son profesionales (son personas) que lamentablemente no están en mayoría y ni tan siquiera son minoría significativa. Quizás incluso, nosotros como enfermos nunca hayamos tenido la fortuna de cruzarnos con alguien así que se preocupe por nuestra salud; pero aún pocos, ahí están. Y hay que saber reconocerlos y aplaudir y animar su labor…
Me he permitido la licencia de reflexionar sobre asuntos tan serios desde la sonrisa que ofrecen algunas viñetas del extraordinario Forges, porque a veces desde el humor se puede hacer mayor hincapié en lo que se quiere expresar, y a la vez ofrecer la actitud más adecuada para abordar con éxito las problemáticas a tratar.
El contenido del texto se centraba en el significado de la Medicina vocacional, con la denuncia de que no es posible establecer una relación médico-paciente basada en su posible coste-beneficio.
El relato entrelazaba las reflexiones pedagógicas en voz alta hacia sus colegas compañeros, y las críticas al sistema sanitario al que nos están abocando a médicos y pacientes, personas ajenas a la medicina cuyos criterios y objetivos son única y meramente economicistas, no de salud.
Y las consideraciones de este texto me llevaron a las mías propias, girando alrededor de una principal: que la salud es el bien más preciado a salvaguardar; y por ello, de mirar el gerente hospitalario actual en global esa “economía administrativa” que prioriza de constante sobre el paciente, se daría cuenta que esta debería quedar subyugada a otra de mayor peso a medio y largo plazo: la economía estatal.
Porque un Estado no funciona si no se ponen los medios para prevenir, y en su caso recuperar -o mejorar- la salud de sus ciudadanos. Es tan simple como que si hay salud, hay productividad y capacidad para elaborar proyectos, trabajar más años y un largo etcétera; sino, no.
El ciudadano no es un mero saco de carne y huesos que viene a nacer con el fin de ser utilizado como mula de trabajo, con un número de horas que a diario machaque su cuerpo y su mente desde la infancia hasta que se rompa sin importar nada más, educándole (doblegándole) desde que tiene uso de razón para hacerle creer que esa es la situación “normal y deseable”, al estilo de “The Wall” de Pink Floyd, o de “Metrópolis” de Fritz Lang.
Estamos en el siglo XXI y los criterios economicistas deben pasar por ser además, inteligentes en su expresión más global. Si se quiere “mano de obra” productiva, duradera y que dinamice el Estado, cada uno dentro de su escalafón, hay que prevenir la enfermedad (dando al ciudadano una mejor calidad de vida, ofreciéndole un entorno sin químicos tóxicos, y una vida plena y sana acorde con los biorritmos y necesidades de su cuerpo, como ser vivo que es); y si la enfermedad se ha establecido ya, hay que atenderle de forma real, activa, positiva e individualizada.
A la vez, no vendría mal re-establecer una relación entre Administración y administrados transparente, humanizada y respetuosa, donde el ciudadano tuviera mecanismos reales de Poder con los que hacer valer sus intereses y con los que vivir con la mayor calidad de vida posible (sea esta corta o larga).
En fin, como veis, el artículo que ahora os paso me hizo reflexionar. Además, a día de hoy ha recibido los comentarios elogiosos de más de 140 personas dentro de Intramed -la revista médica que lo alberga-, la mayoría de colegas de diferentes países. Incluso ha motivado la creación de un foro dentro de la revista, denominado “¿Cuál es el lugar de la Humanidades en la educación médica?”, para intercambiar opiniones entre los profesionales de la salud y este doctor.
El artículo que ha continuación transcribo se lo dedico a aquellos profesionales de la sanidad –públicos y privados- que siguen mostrando humanidad, respeto y empatía por sus enfermos; que siguen amando su profesión (a pesar de desarrollarla en entornos áridos a sus peticiones o a la posibilidad de ejercer su profesión de mejor manera); que siguen creyendo en sus pacientes (a pesar de que no sepan agradecerlo siempre); y que siguen luchando y avanzando para ellos (investigando, aprendiendo del día a día, y reconociendo que porque haya cosas que no conozcan -ellos o su disciplina-, no quiere decir que “no existan” o que el enfermo que las narra sea un hipocondríaco o un “loco”…
Son profesionales (son personas) que lamentablemente no están en mayoría y ni tan siquiera son minoría significativa. Quizás incluso, nosotros como enfermos nunca hayamos tenido la fortuna de cruzarnos con alguien así que se preocupe por nuestra salud; pero aún pocos, ahí están. Y hay que saber reconocerlos y aplaudir y animar su labor…
Me he permitido la licencia de reflexionar sobre asuntos tan serios desde la sonrisa que ofrecen algunas viñetas del extraordinario Forges, porque a veces desde el humor se puede hacer mayor hincapié en lo que se quiere expresar, y a la vez ofrecer la actitud más adecuada para abordar con éxito las problemáticas a tratar.
¿Qué nos pasa a los médicos?
AYUDAR, AUNQUE LLORE EN EL ALMA
"Tras unos años de profesión se pierden el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo"
Dr. Ricardo Ricci
Es muy frecuente que los médicos no encuentren recursos propios para ayudar a sus semejantes, es usual que tras unos años de profesión hayan perdido el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo. Buscando y rebuscando en sus almas no encuentran más que una oquedad de sentido, un lugar vacío y frío, del que no surge la asistencia que de ellos, esperan sus pacientes. Es moneda de todos los días, bajo el régimen del sistema de salud actual, ver a los médicos descompensados, somnolientos, quebrados. La sobresaturación de trabajo tiene mil motivos diferentes, uno de ellos, quizás el que más molesta, es el menosprecio de la profesión médica por parte de las gerenciadoras de salud que, administradas en general por profesionales ajenos a la medicina, no alcanzan a sopesar adecuadamente la misión que algunos médicos, los de verdad, desean alcanzar.

La famosa relación costo-beneficio, obliga a que en un tiempo demasiado acotado, los médicos deban atender a cantidades de pacientes, boicoteando ellos mismos la relación médico-paciente (RMP).
Una buena RMP es una aspiración genuina, y un derecho humano de los pacientes que se sienten distinguidos, individualizados, y nominados por ella, que sienten la contención por parte del médico.
Asimismo es cierto que una buena RMP es esencial para el desempeño del médico que encuentra en ella una gratificación permanente por ver realizada su vocación. En la interacción diaria con sus pacientes tiene oportunidad de evaluar los resultados de su trabajo, y de efectuar, mediante una reflexión autocrítica, la sintonía fina de su accionar.
La optimización del vínculo fugaz, y la vez histórico entre el médico y su paciente es la forma más directa y eficaz de promover al médico y asegurarle al paciente un tratamiento digno de la persona humana. La instancia interactiva patentizada en la consulta, es el medio ambiente coloquial y conductual saludable para el paciente y para el médico y debe ser salvaguardado a todo costo.
Algunos autores sostienen, creo que con toda razón, que para exponerse a ayudar a alguien primero el médico debe encontrarse en un estado de compensación con él mismo. Este estado de compensación incluye todas las variantes bio-psico-sociales y espirituales inherentes a la persona del profesional de la salud. Según ellos la eficacia terapéutica se basa en la posibilidad de ofrecerle al paciente un marco de serenidad generado por el estado de paz y de disposición asistencial y cooperativa del médico. Me parece que la opinión de estos autores, provenientes del ámbito de la psiquiatría, es de un acierto absoluto, es el ideal. Sin embargo, lo sabemos, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Las cosas no se dan de ese modo en la generalidad de los casos.
Sin insistir en las condiciones socioeconómicas en las que se desarrolla la actividad del médico, deseo expresar que el estado soñado de compensación previa al momento de la consulta es una perla en un océano de inestabilidad, de incertidumbre, de necesidad y de soledad por parte de aquellos que se proponen asistentes de sus prójimos. Es posible que en ese estado no puedan hacer todo el bien que podrían, pero no me cabe duda de que hacen el bien que pueden y ayudan al otro en la medida exacta de sus potencias actuales.
Los estados que condicionan al médico van desde su particular modo de disponerse a relacionarse con los otros, hasta su manera particular de ser y estar en el mundo. Quizás deberíamos preocuparnos primero y más profundamente por el ‘ser’ médicos, que por ‘hacer’ de médicos. Entre el ser y el hacer hay una relación de retroalimentación innegable. Los seres humanos podemos acceder, en nuestra intimidad, a hacernos conscientes de lo que nos pasa al respecto, y efectuar los retoques que sean necesarios para nuestro desempeño saludable en interacciones saneadas.
He conocido médicos de una parquedad digna de un guardia del palacio de Buckingham, a los que no se les mueve un músculo de la cara en su interacción con el paciente, y sin embargo son generadores de diagnósticos acertados e impecables. He conocido charlatanes diletantes, que en el medio del error y del engaño hacen bien a algunos de sus seguidores. He conocido maestros absolutamente intratables, y otros que enseñan con su sola presencia y testimonio, en medio de una sencillez y austeridad encomiable. He conocido médicos que conocen exactamente los pormenores y la letra pequeña de la organización de los sistemas de salud, y otros a los que el sistema de salud los tiene sin cuidado pues ellos mismos han construido un microambiente que les permite sobrevivir ejerciendo la medicina y ayudando al prójimo. Conozco médicos con las paredes llenas de títulos y postgrados, cursos, jornadas, simposios y congresos, que a la hora de asistir al paciente, carecen totalmente de carisma y compasión. También existen los que en un consultorio de barrio apenas cuelgan una fotocopia de su título y la gente los venera como a un padre.
Hay de todo como en botica. Lo bueno, lo malo y lo feo. De toda esa variedad de especimenes de la profesión médica, entre los cuales naturalmente me encuentro; el otro, el paciente, logra hallar aquel que considera capaz de ayudarlo en alguna contingencia de su vida.
Es posible que se logre definir y delinear teóricamente un modo óptimo de interacción para ayudar al paciente. Creo, sin embargo, que las recetas, los protocolos, los manuales de procedimientos, en este caso en particular, tienen un valor relativo. Estamos nuevamente ante la cuestión de ser o no ser. Para no sonar tan obviamente shackesperiano, es la cuestión de "ser" médicos, y "hacer" las cosas que hacen los médicos. Cada uno de nosotros puede ir haciendo una corrección en ese diálogo ser-hacer, para producir discursos genuinos y conductas personales lo suficientemente flexibles y efectivas, para ser volcadas en las interacciones con los pacientes. Sin esta esperanza el presente trabajo carecería por completo de valor.
Aún así podemos aseverar que en el laberinto achaparrado de la RMP hay lugar para todos. Esto no debe ser interpretado como una apología del relativismo, del “todo vale”; sino que simplemente intenta describir una realidad incontrovertible que puede ser mejorada y mucho, atendiendo a criterios reflexivos y pedagógicos de optimización en competencias relacionadas directa o indirectamente con la RMP.
En esa variedad propia del quehacer de los médicos, habitualmente se encuentra solapado, puesto a un costado, menospreciado, el dolor del propio médico, el callado lamento de su soledad. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene, ¿será verdad?. Estoy convencido de que en líneas generales es así, mas he visto dar ánimos a sus pacientes a colegas que estaban al borde de su propio colapso. He sido testigo de la actuación de médicos acuciados por sus propios miedos dando aliento, proponiendo conductas y medicando acertadamente a pacientes portadores de estados de pánico. He visto a médicos con varios by pass en sus coronarias, tratar a pacientes que presentaban cardiopatías de diversa índole y de diversa gravedad de manera firme, acertada y segura. Es posible que uno no sepa de donde salen las fuerzas para ofrecer lo que no se tiene o lo que no se sabe que se tiene, pero cuando la vocación actúa como un imperativo, lo que no se tiene, se da. Quizás lo que decimos dar, no sea más que un devolver al paciente, de manera ordenada, lo que surge del encuentro humano de la interacción médico-paciente.
He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente mientras lloraba solo en el auto, había sufrido una pérdida familiar irreparable, me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba. La paciente era una señora de 75 años que permanecía desde hace tiempo postrada en su cama a raíz de un EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Su patología se había reagudizado, las sibilancias se escuchaban desde la puerta de su dormitorio. La consulta se desarrolló dentro de los márgenes habituales y al despedirme la señora me espetó: “gracias por darme ánimos, ahora me quedo un poco más tranquila”. Y de nuevo a llorar en el auto.
La mía es una anécdota sentida pues me recuerda mi propio estado en ese momento, sin embargo he visto a algunos de mis colegas desarrollar hazañas en medio de su propia penuria.

“El médico siempre debe estar dispuesto”. Es una máxima demasiado exigente a la que algunos médicos hacemos caso cayendo presas de nuestra propia e ilusoria omnipotencia. Nuestra vida recorre esos carriles con cierta frecuencia. Ni el médico es omnipotente, ni debe estar siempre dispuesto. Pero... ¿No es tranquilizador para algún paciente anónimo que vive su enfermedad en la que el tiempo no pasa, en la que el dolor mengua su persona hasta casi anonadarla, tener en el puño de su mano el número de teléfono de alguien que se propone, como siempre disponible, a correr en su ayuda?
Cuando alguien se retira del consultorio llevando en su mano la receta para tratar la angina de su niño y prevé una noche de fiebres y baños templados, y escucha de su médico las palabras: “cualquier cosa me llama, sea la hora que sea”, necesariamente se produce el alivio. Ya la fiebre no será la misma fiebre, ni el desvelo el mismo desvelo.
Lo escrito suena al más recalcitrante romanticismo, y ciertamente lo es. Juzgo que no está de más dar una pincelada épica a tanta cotidianeidad rutinaria. Es cierto también, que los médicos no siempre estamos dispuestos a escuchar las penas ajenas, nos basta con las propias. Aún así, y quizás por esa misma causa, la jerarquía del servicio prestado -no siempre el óptimo-, es agradecido por el paciente en grado sumo.
La comunidad médico-paciente se edifica más solidamente en la realidad de que el dolor no es tu dolor, es nuestro dolor, tu necesidad no es tu necesidad, es la nuestra. El paciente percibe este matiz, y la labor del médico se ve sostenida, y engrandecida con la colaboración incondicionada del paciente perspicaz.
Fuente: Intramed (6/09/10)
AYUDAR, AUNQUE LLORE EN EL ALMA
"Tras unos años de profesión se pierden el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo"
Dr. Ricardo Ricci
Es muy frecuente que los médicos no encuentren recursos propios para ayudar a sus semejantes, es usual que tras unos años de profesión hayan perdido el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo. Buscando y rebuscando en sus almas no encuentran más que una oquedad de sentido, un lugar vacío y frío, del que no surge la asistencia que de ellos, esperan sus pacientes. Es moneda de todos los días, bajo el régimen del sistema de salud actual, ver a los médicos descompensados, somnolientos, quebrados. La sobresaturación de trabajo tiene mil motivos diferentes, uno de ellos, quizás el que más molesta, es el menosprecio de la profesión médica por parte de las gerenciadoras de salud que, administradas en general por profesionales ajenos a la medicina, no alcanzan a sopesar adecuadamente la misión que algunos médicos, los de verdad, desean alcanzar.
La famosa relación costo-beneficio, obliga a que en un tiempo demasiado acotado, los médicos deban atender a cantidades de pacientes, boicoteando ellos mismos la relación médico-paciente (RMP).
Una buena RMP es una aspiración genuina, y un derecho humano de los pacientes que se sienten distinguidos, individualizados, y nominados por ella, que sienten la contención por parte del médico.
Asimismo es cierto que una buena RMP es esencial para el desempeño del médico que encuentra en ella una gratificación permanente por ver realizada su vocación. En la interacción diaria con sus pacientes tiene oportunidad de evaluar los resultados de su trabajo, y de efectuar, mediante una reflexión autocrítica, la sintonía fina de su accionar.
La optimización del vínculo fugaz, y la vez histórico entre el médico y su paciente es la forma más directa y eficaz de promover al médico y asegurarle al paciente un tratamiento digno de la persona humana. La instancia interactiva patentizada en la consulta, es el medio ambiente coloquial y conductual saludable para el paciente y para el médico y debe ser salvaguardado a todo costo.
Algunos autores sostienen, creo que con toda razón, que para exponerse a ayudar a alguien primero el médico debe encontrarse en un estado de compensación con él mismo. Este estado de compensación incluye todas las variantes bio-psico-sociales y espirituales inherentes a la persona del profesional de la salud. Según ellos la eficacia terapéutica se basa en la posibilidad de ofrecerle al paciente un marco de serenidad generado por el estado de paz y de disposición asistencial y cooperativa del médico. Me parece que la opinión de estos autores, provenientes del ámbito de la psiquiatría, es de un acierto absoluto, es el ideal. Sin embargo, lo sabemos, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Las cosas no se dan de ese modo en la generalidad de los casos.
Sin insistir en las condiciones socioeconómicas en las que se desarrolla la actividad del médico, deseo expresar que el estado soñado de compensación previa al momento de la consulta es una perla en un océano de inestabilidad, de incertidumbre, de necesidad y de soledad por parte de aquellos que se proponen asistentes de sus prójimos. Es posible que en ese estado no puedan hacer todo el bien que podrían, pero no me cabe duda de que hacen el bien que pueden y ayudan al otro en la medida exacta de sus potencias actuales.
Los estados que condicionan al médico van desde su particular modo de disponerse a relacionarse con los otros, hasta su manera particular de ser y estar en el mundo. Quizás deberíamos preocuparnos primero y más profundamente por el ‘ser’ médicos, que por ‘hacer’ de médicos. Entre el ser y el hacer hay una relación de retroalimentación innegable. Los seres humanos podemos acceder, en nuestra intimidad, a hacernos conscientes de lo que nos pasa al respecto, y efectuar los retoques que sean necesarios para nuestro desempeño saludable en interacciones saneadas.He conocido médicos de una parquedad digna de un guardia del palacio de Buckingham, a los que no se les mueve un músculo de la cara en su interacción con el paciente, y sin embargo son generadores de diagnósticos acertados e impecables. He conocido charlatanes diletantes, que en el medio del error y del engaño hacen bien a algunos de sus seguidores. He conocido maestros absolutamente intratables, y otros que enseñan con su sola presencia y testimonio, en medio de una sencillez y austeridad encomiable. He conocido médicos que conocen exactamente los pormenores y la letra pequeña de la organización de los sistemas de salud, y otros a los que el sistema de salud los tiene sin cuidado pues ellos mismos han construido un microambiente que les permite sobrevivir ejerciendo la medicina y ayudando al prójimo. Conozco médicos con las paredes llenas de títulos y postgrados, cursos, jornadas, simposios y congresos, que a la hora de asistir al paciente, carecen totalmente de carisma y compasión. También existen los que en un consultorio de barrio apenas cuelgan una fotocopia de su título y la gente los venera como a un padre.
Hay de todo como en botica. Lo bueno, lo malo y lo feo. De toda esa variedad de especimenes de la profesión médica, entre los cuales naturalmente me encuentro; el otro, el paciente, logra hallar aquel que considera capaz de ayudarlo en alguna contingencia de su vida.
Es posible que se logre definir y delinear teóricamente un modo óptimo de interacción para ayudar al paciente. Creo, sin embargo, que las recetas, los protocolos, los manuales de procedimientos, en este caso en particular, tienen un valor relativo. Estamos nuevamente ante la cuestión de ser o no ser. Para no sonar tan obviamente shackesperiano, es la cuestión de "ser" médicos, y "hacer" las cosas que hacen los médicos. Cada uno de nosotros puede ir haciendo una corrección en ese diálogo ser-hacer, para producir discursos genuinos y conductas personales lo suficientemente flexibles y efectivas, para ser volcadas en las interacciones con los pacientes. Sin esta esperanza el presente trabajo carecería por completo de valor.
Aún así podemos aseverar que en el laberinto achaparrado de la RMP hay lugar para todos. Esto no debe ser interpretado como una apología del relativismo, del “todo vale”; sino que simplemente intenta describir una realidad incontrovertible que puede ser mejorada y mucho, atendiendo a criterios reflexivos y pedagógicos de optimización en competencias relacionadas directa o indirectamente con la RMP.
En esa variedad propia del quehacer de los médicos, habitualmente se encuentra solapado, puesto a un costado, menospreciado, el dolor del propio médico, el callado lamento de su soledad. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene, ¿será verdad?. Estoy convencido de que en líneas generales es así, mas he visto dar ánimos a sus pacientes a colegas que estaban al borde de su propio colapso. He sido testigo de la actuación de médicos acuciados por sus propios miedos dando aliento, proponiendo conductas y medicando acertadamente a pacientes portadores de estados de pánico. He visto a médicos con varios by pass en sus coronarias, tratar a pacientes que presentaban cardiopatías de diversa índole y de diversa gravedad de manera firme, acertada y segura. Es posible que uno no sepa de donde salen las fuerzas para ofrecer lo que no se tiene o lo que no se sabe que se tiene, pero cuando la vocación actúa como un imperativo, lo que no se tiene, se da. Quizás lo que decimos dar, no sea más que un devolver al paciente, de manera ordenada, lo que surge del encuentro humano de la interacción médico-paciente.
He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente mientras lloraba solo en el auto, había sufrido una pérdida familiar irreparable, me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba. La paciente era una señora de 75 años que permanecía desde hace tiempo postrada en su cama a raíz de un EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Su patología se había reagudizado, las sibilancias se escuchaban desde la puerta de su dormitorio. La consulta se desarrolló dentro de los márgenes habituales y al despedirme la señora me espetó: “gracias por darme ánimos, ahora me quedo un poco más tranquila”. Y de nuevo a llorar en el auto.
La mía es una anécdota sentida pues me recuerda mi propio estado en ese momento, sin embargo he visto a algunos de mis colegas desarrollar hazañas en medio de su propia penuria.

“El médico siempre debe estar dispuesto”. Es una máxima demasiado exigente a la que algunos médicos hacemos caso cayendo presas de nuestra propia e ilusoria omnipotencia. Nuestra vida recorre esos carriles con cierta frecuencia. Ni el médico es omnipotente, ni debe estar siempre dispuesto. Pero... ¿No es tranquilizador para algún paciente anónimo que vive su enfermedad en la que el tiempo no pasa, en la que el dolor mengua su persona hasta casi anonadarla, tener en el puño de su mano el número de teléfono de alguien que se propone, como siempre disponible, a correr en su ayuda?
Cuando alguien se retira del consultorio llevando en su mano la receta para tratar la angina de su niño y prevé una noche de fiebres y baños templados, y escucha de su médico las palabras: “cualquier cosa me llama, sea la hora que sea”, necesariamente se produce el alivio. Ya la fiebre no será la misma fiebre, ni el desvelo el mismo desvelo.
Lo escrito suena al más recalcitrante romanticismo, y ciertamente lo es. Juzgo que no está de más dar una pincelada épica a tanta cotidianeidad rutinaria. Es cierto también, que los médicos no siempre estamos dispuestos a escuchar las penas ajenas, nos basta con las propias. Aún así, y quizás por esa misma causa, la jerarquía del servicio prestado -no siempre el óptimo-, es agradecido por el paciente en grado sumo.
La comunidad médico-paciente se edifica más solidamente en la realidad de que el dolor no es tu dolor, es nuestro dolor, tu necesidad no es tu necesidad, es la nuestra. El paciente percibe este matiz, y la labor del médico se ve sostenida, y engrandecida con la colaboración incondicionada del paciente perspicaz.
Fuente: Intramed (6/09/10)

