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24 noviembre 2010

MEDICINA VOCACIONAL: la relación imposible entre médicos-pacientes como comprensión recíproca y las gerencias de salud (Dr. Ricci. Intramed. 6/09/10)


Hace un par de meses llegó a MI ESTRELLA DE MAR un artículo con un título que me llamó la atención, más si cabe por haber sido escrito por un médico: “Ayudar, aunque llore en el alma”. Lo firmaba Ricardo Ricci, profesor titular de la cátedra de Antropología Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán, de Argentina.

El contenido del texto se centraba en el significado de la Medicina vocacional, con la denuncia de que no es posible establecer una relación médico-paciente basada en su posible coste-beneficio.

El relato entrelazaba las
reflexiones pedagógicas en voz alta hacia sus colegas compañeros, y las críticas al sistema sanitario al que nos están abocando a médicos y pacientes, personas ajenas a la medicina cuyos criterios y objetivos son única y meramente economicistas, no de salud.

Y las consideraciones de este texto me llevaron a las mías propias, girando alrededor de una principal: que la salud es el bien más preciado a salvaguardar; y por ello, de mirar el gerente hospitalario actual en global esa “economía administrativa” que prioriza de constante sobre el paciente, se daría cuenta que esta debería quedar subyugada a otra de mayor peso a medio y largo plazo: la economía estatal.

Porque un Estado no funciona si no se ponen los medios para prevenir, y en su caso recuperar -o mejorar- la salud de sus ciudadanos. Es tan simple como que si hay salud, hay productividad y capacidad para elaborar proyectos, trabajar más años y un largo etcétera; sino, no.

El ciudadano no es un mero saco de carne y huesos que viene a nacer con el fin de ser utilizado como mula de trabajo, con un número de horas que a diario machaque su cuerpo y su mente desde la infancia hasta que se rompa sin importar nada más, educándole (doblegándole) desde que tiene uso de razón para hacerle creer que esa es la situación “normal y deseable”, al estilo de “The Wall” de Pink Floyd, o de “Metrópolis” de Fritz Lang.

Estamos en el siglo XXI y los criterios economicistas deben pasar por ser además, inteligentes en su expresión más global. Si se quiere “mano de obra” productiva, duradera y que dinamice el Estado, cada uno dentro de su escalafón, hay que prevenir la enfermedad (dando al ciudadano una mejor calidad de vida, ofreciéndole un entorno sin químicos tóxicos, y una vida plena y sana acorde con los biorritmos y necesidades de su cuerpo, como ser vivo que es); y si la enfermedad se ha establecido ya, hay que atenderle de forma real, activa, positiva e individualizada.

A la vez, no vendría mal re-establecer una relación entre Administración y administrados transparente, humanizada y respetuosa, donde el ciudadano tuviera mecanismos reales de Poder con los que hacer valer sus intereses y con los que vivir con la mayor calidad de vida posible (sea esta corta o larga).

En fin, como veis, el artículo que ahora os paso me hizo reflexionar. Además, a día de hoy ha recibido los comentarios elogiosos de más de 140 personas dentro de Intramed -la revista médica que lo alberga-, la mayoría de colegas de diferentes países. Incluso ha motivado la creación de un foro dentro de la revista, denominado “
¿Cuál es el lugar de la Humanidades en la educación médica?”, para intercambiar opiniones entre los profesionales de la salud y este doctor.

El artículo que ha continuación transcribo se lo dedico a aquellos profesionales de la sanidad –públicos y privados- que siguen mostrando humanidad, respeto y empatía por sus enfermos; que siguen amando su profesión (a pesar de desarrollarla en entornos áridos a sus peticiones o a la posibilidad de ejercer su profesión de mejor manera); que siguen creyendo en sus pacientes (a pesar de que no sepan agradecerlo siempre); y que siguen luchando y avanzando para ellos (investigando, aprendiendo del día a día, y reconociendo que porque haya cosas que no conozcan -ellos o su disciplina-, no quiere decir que “no existan” o que el enfermo que las narra sea un hipocondríaco o un “loco”…

Son profesionales (son personas) que lamentablemente no están en mayoría y ni tan siquiera son minoría significativa. Quizás incluso, nosotros como enfermos nunca hayamos tenido la fortuna de cruzarnos con alguien así que se preocupe por nuestra salud; pero aún pocos, ahí están. Y hay que saber reconocerlos y aplaudir y animar su labor…

Me he permitido la licencia de reflexionar sobre asuntos tan serios desde la sonrisa que ofrecen algunas viñetas del extraordinario Forges, porque a veces desde el humor se puede hacer mayor hincapié en lo que se quiere expresar, y a la vez ofrecer la actitud más adecuada para abordar con éxito las problemáticas a tratar.


¿Qué nos pasa a los médicos?
AYUDAR, AUNQUE LLORE EN EL ALMA
"Tras unos años de profesión se pierden el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo"

Dr. Ricardo Ricci
Es muy frecuente que los médicos no encuentren recursos propios para ayudar a sus semejantes, es usual que tras unos años de profesión hayan perdido el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo. Buscando y rebuscando en sus almas no encuentran más que una oquedad de sentido, un lugar vacío y frío, del que no surge la asistencia que de ellos, esperan sus pacientes. Es moneda de todos los días, bajo el régimen del sistema de salud actual, ver a los médicos descompensados, somnolientos, quebrados. La sobresaturación de trabajo tiene mil motivos diferentes, uno de ellos, quizás el que más molesta, es el menosprecio de la profesión médica por parte de las gerenciadoras de salud que, administradas en general por profesionales ajenos a la medicina, no alcanzan a sopesar adecuadamente la misión que algunos médicos, los de verdad, desean alcanzar.

La famosa relación costo-beneficio, obliga a que en un tiempo demasiado acotado, los médicos deban atender a cantidades de pacientes, boicoteando ellos mismos la relación médico-paciente (RMP).

Una buena RMP es una aspiración genuina, y un derecho humano de los pacientes que se sienten distinguidos, individualizados, y nominados por ella, que sienten la contención por parte del médico.

Asimismo es cierto que una buena RMP es esencial para el desempeño del médico que encuentra en ella una gratificación permanente por ver realizada su vocación. En la interacción diaria con sus pacientes tiene oportunidad de evaluar los resultados de su trabajo, y de efectuar, mediante una reflexión autocrítica, la sintonía fina de su accionar.

La optimización del vínculo fugaz, y la vez histórico entre el médico y su paciente es la forma más directa y eficaz de promover al médico y asegurarle al paciente un tratamiento digno de la persona humana. La instancia interactiva patentizada en la consulta, es el medio ambiente coloquial y conductual saludable para el paciente y para el médico y debe ser salvaguardado a todo costo.

Algunos autores sostienen, creo que con toda razón, que para exponerse a ayudar a alguien primero el médico debe encontrarse en un estado de compensación con él mismo. Este estado de compensación incluye todas las variantes bio-psico-sociales y espirituales inherentes a la persona del profesional de la salud. Según ellos la eficacia terapéutica se basa en la posibilidad de ofrecerle al paciente un marco de serenidad generado por el estado de paz y de disposición asistencial y cooperativa del médico. Me parece que la opinión de estos autores, provenientes del ámbito de la psiquiatría, es de un acierto absoluto, es el ideal. Sin embargo, lo sabemos, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Las cosas no se dan de ese modo en la generalidad de los casos.

Sin insistir en las condiciones socioeconómicas en las que se desarrolla la actividad del médico, deseo expresar que el estado soñado de compensación previa al momento de la consulta es una perla en un océano de inestabilidad, de incertidumbre, de necesidad y de soledad por parte de aquellos que se proponen asistentes de sus prójimos. Es posible que en ese estado no puedan hacer todo el bien que podrían, pero no me cabe duda de que hacen el bien que pueden y ayudan al otro en la medida exacta de sus potencias actuales. Los estados que condicionan al médico van desde su particular modo de disponerse a relacionarse con los otros, hasta su manera particular de ser y estar en el mundo. Quizás deberíamos preocuparnos primero y más profundamente por el ‘ser’ médicos, que por ‘hacer’ de médicos. Entre el ser y el hacer hay una relación de retroalimentación innegable. Los seres humanos podemos acceder, en nuestra intimidad, a hacernos conscientes de lo que nos pasa al respecto, y efectuar los retoques que sean necesarios para nuestro desempeño saludable en interacciones saneadas.

He conocido médicos de una parquedad digna de un guardia del palacio de Buckingham, a los que no se les mueve un músculo de la cara en su interacción con el paciente, y sin embargo son generadores de diagnósticos acertados e impecables. He conocido charlatanes diletantes, que en el medio del error y del engaño hacen bien a algunos de sus seguidores. He conocido maestros absolutamente intratables, y otros que enseñan con su sola presencia y testimonio, en medio de una sencillez y austeridad encomiable. He conocido médicos que conocen exactamente los pormenores y la letra pequeña de la organización de los sistemas de salud, y otros a los que el sistema de salud los tiene sin cuidado pues ellos mismos han construido un microambiente que les permite sobrevivir ejerciendo la medicina y ayudando al prójimo. Conozco médicos con las paredes llenas de títulos y postgrados, cursos, jornadas, simposios y congresos, que a la hora de asistir al paciente, carecen totalmente de carisma y compasión. También existen los que en un consultorio de barrio apenas cuelgan una fotocopia de su título y la gente los venera como a un padre.

Hay de todo como en botica. Lo bueno, lo malo y lo feo. De toda esa variedad de especimenes de la profesión médica, entre los cuales naturalmente me encuentro; el otro, el paciente, logra hallar aquel que considera capaz de ayudarlo en alguna contingencia de su vida.

Es posible que se logre definir y delinear teóricamente un modo óptimo de interacción para ayudar al paciente. Creo, sin embargo, que las recetas, los protocolos, los manuales de procedimientos, en este caso en particular, tienen un valor relativo. Estamos nuevamente ante la cuestión de ser o no ser. Para no sonar tan obviamente shackesperiano, es la cuestión de "ser" médicos, y "hacer" las cosas que hacen los médicos. Cada uno de nosotros puede ir haciendo una corrección en ese diálogo ser-hacer, para producir discursos genuinos y conductas personales lo suficientemente flexibles y efectivas, para ser volcadas en las interacciones con los pacientes. Sin esta esperanza el presente trabajo carecería por completo de valor.

Aún así podemos aseverar que en el laberinto achaparrado de la RMP hay lugar para todos. Esto no debe ser interpretado como una apología del relativismo, del “todo vale”; sino que simplemente intenta describir una realidad incontrovertible que puede ser mejorada y mucho, atendiendo a criterios reflexivos y pedagógicos de optimización en competencias relacionadas directa o indirectamente con la RMP.

En esa variedad propia del quehacer de los médicos, habitualmente se encuentra solapado, puesto a un costado, menospreciado, el dolor del propio médico, el callado lamento de su soledad. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene, ¿será verdad?. Estoy convencido de que en líneas generales es así, mas he visto dar ánimos a sus pacientes a colegas que estaban al borde de su propio colapso. He sido testigo de la actuación de médicos acuciados por sus propios miedos dando aliento, proponiendo conductas y medicando acertadamente a pacientes portadores de estados de pánico. He visto a médicos con varios by pass en sus coronarias, tratar a pacientes que presentaban cardiopatías de diversa índole y de diversa gravedad de manera firme, acertada y segura. Es posible que uno no sepa de donde salen las fuerzas para ofrecer lo que no se tiene o lo que no se sabe que se tiene, pero cuando la vocación actúa como un imperativo, lo que no se tiene, se da. Quizás lo que decimos dar, no sea más que un devolver al paciente, de manera ordenada, lo que surge del encuentro humano de la interacción médico-paciente.

He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente mientras lloraba solo en el auto, había sufrido una pérdida familiar irreparable, me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba. La paciente era una señora de 75 años que permanecía desde hace tiempo postrada en su cama a raíz de un EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Su patología se había reagudizado, las sibilancias se escuchaban desde la puerta de su dormitorio. La consulta se desarrolló dentro de los márgenes habituales y al despedirme la señora me espetó: “gracias por darme ánimos, ahora me quedo un poco más tranquila”. Y de nuevo a llorar en el auto.

La mía es una anécdota sentida pues me recuerda mi propio estado en ese momento, sin embargo he visto a algunos de mis colegas desarrollar hazañas en medio de su propia penuria.

“El médico siempre debe estar dispuesto”. Es una máxima demasiado exigente a la que algunos médicos hacemos caso cayendo presas de nuestra propia e ilusoria omnipotencia. Nuestra vida recorre esos carriles con cierta frecuencia. Ni el médico es omnipotente, ni debe estar siempre dispuesto. Pero... ¿No es tranquilizador
para algún paciente anónimo que vive su enfermedad en la que el tiempo no pasa, en la que el dolor mengua su persona hasta casi anonadarla, tener en el puño de su mano el número de teléfono de alguien que se propone, como siempre disponible, a correr en su ayuda?

Cuando alguien se retira del consultorio llevando en su mano la receta para tratar la angina de su niño y prevé una noche de fiebres y baños templados, y escucha de su médico las palabras: “cualquier cosa me llama, sea la hora que sea”, necesariamente se produce el alivio. Ya la fiebre no será la misma fiebre, ni el desvelo el mismo desvelo.

Lo escrito suena al más recalcitrante romanticismo, y ciertamente lo es. Juzgo que no está de más dar una pincelada épica a tanta cotidianeidad rutinaria. Es cierto también, que los médicos no siempre estamos dispuestos a escuchar las penas ajenas, nos basta con las propias. Aún así, y quizás por esa misma causa, la jerarquía del servicio prestado -no siempre el óptimo-, es agradecido por el paciente en grado sumo.

La comunidad médico-paciente se edifica más solidamente en la realidad de que el dolor no es tu dolor, es nuestro dolor, tu necesidad no es tu necesidad, es la nuestra. El paciente percibe este matiz, y la labor del médico se ve sostenida, y engrandecida con la colaboración incondicionada del paciente perspicaz.


Fuente: Intramed (6/09/10)

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18 noviembre 2010

SQM, UNA ENFERMEDAD DE GENTE SENSIBLE (artículo en el periódico "Información", con referencia a Mi Estrella de Mar -13 de noviembre de 2010-)


Hace unos días –este sábado 13 de noviembre-, apareció un artículo en el periódico alicantino “Información” dedicado a la sensibilidad química múltiple. La agradable sorpresa fue encontrar que la introducción que Adrián Martínez -médico- había dado a su aguda y certera reflexión sobre la relación entre esta patología, la salud y las innumerables sustancias químicas cotidianas entre las que vivimos inmersos, la había dedicado a unas reflexiones que hice en 2008 en MI ESTRELLA DE MAR, dentro del artículo “El 80% de los casos de cáncer está relacionado con las condiciones ambientales según la IARC (Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer)”, palabras también recogidas amablemente por la revista Discovery Salud en ese mismo año, en su número de septiembre.

Realmente he disfrutado con la lectura de este estupendo texto. Ojalá que cada vez encontremos más personas comprometidas en los medios de comunicación y documentadas hasta el punto de poder hacer afirmaciones tan asentadas como las de este profesional, para conseguir avanzar cada vez más deprisa en la concienciación acerca de este mundo creado a base de intereses… y no precisamente intereses basados en la salud.

Dado que no tengo un correo o similar de Adrián para poder hacerle llegar personalmente las gracias por hacerse eco de la sensibilidad química múltiple de una manera tan valiente y brillante (y para ello ser tan amable de nombrar a MI ESTRELLA DE MAR y tomar como hilo conductor introductorio algunas de mis palabras narrando lo que es la sensibilidad química múltiple en primera persona), se las hago llegar por esta vía confiando en que de esta manera le lleguen.

Os dejo con la transcripción del texto…


UNA ENFERMEDAD DE GENTE SENSIBLE

Adrián Martínez
Para que os hagáis una idea: salgo a la calle con una mascarilla de carbón activado. Y cosas tan livianas para los demás como el olor del suavizante o una colonia me pueden desencadenar una crisis de insuficiencia respiratoria (y en todo caso siempre me produce sintomatología, normalmente asociada al sistema nervioso central como vértigos, mareos, migrañas, pérdida de orientación y dificultad para hablar y pensar, aparte de alteraciones en la menstruación, extrema fatiga, pintitas y ronchas, confusión mental, estómago revuelto, malestar general, tripa hinchada y mucho más que te hace la vida muy, pero que muy difícil).

Por lo mismo, me es imposible oler tabaco, productos de limpieza -sobre todo lejías y amoníacos-, lacas, tintas de las letras de periódicos, revistas y folletos, la mayoría del papel -sobre todo si es reciclado porque lleva más componentes químicos que el normal- tubos de escape y un larguísimo etcétera.

Por recomendación médica llevo ésta mascarilla y además necesito productos ecológicos de aseo personal y de limpieza del hogar, comida ecológica, agua mineral. No hacerlo así me supone un gran empeoramiento o una nueva crisis. Me afectan los pesticidas de la comida, el cloro del agua, los conservantes y colorantes, la comida en lata
".

Quien esto escribe es María José -44 años, madrileña- en su blog "mi-estrella-de-mar-blogspot.com", creado para explicarle al mundo en qué consiste la enfermedad que ella misma padece: el síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), una enfermedad tan poco declarada y diagnosticada, como mal tratada, pero padecida por miles de españoles. Por no ir más lejos unos cinco millones, un 12% de la población. Sin embargo, no se asusten, sólo unos 300.000 lo padecen de forma severa, y aún menos de la forma descrita por esta mujer.

Repito, no se preocupen, al ritmo actual tarde o temprano todos seremos afectados. De algo hay que morir, claro, aunque algunos prefiramos hacerlo -cuando toque-, con toda la salud.

Otra cosa es qué hacer con ese cúmulo de ciudadanos que están padeciendo ya dichas manifestaciones como resultado de la exposición a productos químicos, que incluyen -a veces al mismo tiempo- trastornos respiratorios, dolor torácico, abdominal, muscular y articular, cefaleas, mialgias, náuseas, etc. Todos ellos experimentados bajo una intensidad que puede ser importante, y que en demasiados casos les lleva a pasar por un calvario de diagnóstico sesgado cuya implementación depende del tipo de médico diagnosticador y de su arsenal terapéutico -también sesgado-, o a veces -pocas- por un buen diagnostico pero con un tratamiento todavía no consensuado.

Es frecuente que el bay-pass obligado que da la ignorancia y la inercia haga que algunos pacientes, muchos, terminen siendo diagnosticados de cualquier trastorno mental.

La historia de María José no es desde luego única. Su enfermedad se inscribe dentro de un conjunto de patologías complejas conocidas como "enfermedades ambientales emergentes" que son causadas por el uso o abuso de sustancias tóxicas presentes de forma ubicua y de uso cotidiano.

Más de 90.000 sustancias químicas están presentes en los productos que consumimos de forma habitual formando parte de lo que comemos y de lo que bebemos -lo que respiramos ya no se sabe lo que es-, muchas de las cuales están produciendo patologías que, sin llegar al extremo referido por esta mujer, nos dañan simplemente porque, cuando el cuerpo ha recibido más carga tóxica de la que puede soportar, reacciona. Y a veces, y con entrenamiento previo, con virulencia.

La mayoría de esas sustancias cotidianas nunca fueron suficientemente testadas antes de que ocupasen un lugar en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en nuestra alimentación, en nuestra aguas de consumo (véase el caso del plomo) y en nuestro medio ambiente (véase el caso del mercurio), por lo que su alcance en la salud del planeta -cotidiano e individual-, es un misterio que empieza a desvelarse.

Contaminantes que en la mayoría de ocasiones no tienen sabor ni olor y ni siquiera se encuentran en concentraciones altas pero que constituyen un peligro real y cierto, a poco que sea la dosis reiteradamente consumida. Tan cierto como que están mermando nuestra calidad de vida, relacionándose silenciosa y subrepticiamente, y ante la mirada de un sistema sanitario ciego y lento y regido por ciegos y lentos, con efectos tales como la infertilidad, malformaciones congénitas, trastornos del aprendizaje, alteraciones tiroideas, enfermedades endocrinas, inmunodepresión, fatiga crónica, fibromialgia, hipersensibilidad química, alteraciones epigenéticas y cambios en la expresión genética, cánceres, diabetes y enfermedades degenerativas como Parkinson y Alzheimer, entre otras.

Mientras,
una gran mayoría de médicos sigue ignorando, tal vez asombrados e impotentes ante lo abigarrado de los síntomas que muchos de sus pacientes presentan, que una buena parte de estos síntomas se deben a la intoxicación medioambiental que soportamos.

Y sin formación ni diagnóstico no hay posibilidad de curación. Solo de medicación sintomática y absurda cuando no de derivación hacia el psicólogo o el psiquiatra, cuando en realidad estas afecciones representan un nuevo paradigma de la enfermedad.

La realidad es que detrás de muchos afectados de toda edad y condición soportando estas patologías -incluso detrás de algunos problemas de comportamiento o hiperactividad que tantos niños presentan- lo que hay son productos químicos tóxicos persistentes que envenenan el organismo, especialmente el sistema nervioso central.

Sustancias y tecnologías -por poner algún ejemplo- como el mercurio, el aluminio, al amianto, el bisfenol A y otros disruptores endocrinos, el dimetilfumarato, el plomo, el cloro, pesticidas, herbicidas, formaldehídos, triclosanes, plaguicidas, aditivos, edulcorantes, colorantes, potenciadores del sabor, hasta llegar a centenares de miles
sin olvidarnos de las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia -móviles, antenas, estaciones base de telefonía móvil, trasformadores y líneas eléctricas de alta tensión y Wi-Fis-.

Todos ellos ocuparían unas cuantas sesiones del Congreso y unas cuantas más del Ministerio de Sanidad y añadidos.

Dense prisa médicos y autoridades, a veces un dolor de cabeza crónico no necesita un analgésico sino pararse a pensar si ese paciente está en su trabajo ocho horas diarias al lado de una fotocopiadora o de un ordenador, o de si duerme en una habitación recién pintada o en un barrio en el que se acaba de fumigar.

No demos más palos de ciego en forma de patada farmacológica, que para eso sí que estamos -a la clase médica me refiero- muy sensibilizados.


Fuente: Información.es (13/11/10)


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ACTUALIZACIÓN (28/11/10): os transcribo las amables palabras dejadas en MI ESTRELLA DE MAR por el autor del artículo -Adrián Martínez-, dado el interés que supone conocer a través de ellas algo más de este profesional de ideas tan claras; así como por las cariñosas palabras que dedica en ellas a la autora de este blog y que desde aquí queremos agradecer vivamente. Por cierto, que no es periodista como suponíamos (paso a corregir el dato en la entrada)sino médico, lo que confiere a sus valientes palabras aún más valor si cabe.

TEXTO DEJADO EN “COMENTARIOS” DE ESTA ENTRADA:
Estimada María José, soy el autor del artículo y deseo, ante todo, mostrarte mi apoyo y mi cariño. A todos los que padecéis este tipo de patologías y en especial a ti por tu coraje y valentía. No sabía al escribir el citado texto que tendría tanta difusión. Al fin y al cabo solo soy un médico -no soy periodista- que intenta estar al día en eso que hemos denominado "ENFERMEDADES EMERGENTES". Algunos intentamos combatir nuestra ignorancia con una cosa tan sencilla como escuchar a los pacientes. Escuchar y sentir para poder construir el significado de las enfermedades, para poder recoger información veraz, para intentar buscar respuestas y ofrecer el mejor de los tratamientos posibles. Gracias María José. Intentaré seguir escribiendo en INFORMACION sobre estos temas.” (19/11/12).

TEXTO DEJADO EN EL ENLACE DE ESTA ENTRADA EN WIKIO:
Autor: un médico.- Comentario: “no sabia que mi articulo seria tan comentado. Soy Adrián Martínez. No soy periodista si no médico, y ha sido toda una satisfacción comprobar que he divulgado un tema que sigue siendo, a pesar del sufrimiento que provoca en mucha gente, bastante desconocido, menos diagnosticado y mucho menos tratado. Y cuando se hace mal y tarde pues todavía hay cierta falta de consenso cuando no desconocimiento. Doy las gracias por publicar y publicitar mi artículo, pero sin el testimonio de la valiente -a la que desde aquí doy todo mi apoyo y cariño-, María José, no hubiese sido posible.

Me comprometo a seguir escribiendo sobre estos temas. Veo que se necesita arrimar el hombro pues de no hacerlo, tarde o temprano, terminaremos todos igual
" (19/11/10).

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