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25 mayo 2007

LA ENFERMEDAD NOS REVELA OTRA IDENTIDAD

16/05/2007 - Tribuna
LA ENFERMEDAD NOS REVELA OTRA IDENTIDAD
(pocos hechos modifican tanto la vida como el sabernos enfermos. Rutinas y escala de valores se distorsionan, pero también surgen aprendizajes positivos).

Angel Gabilondo. Clarín.
Nunca tenemos una enfermedad, es ella la que nos tiene a nosotros. Suele decirse que, más que de enfermedades, hemos de hablar de enfermos, esto es, de personas singulares e irrepetibles que afrontan una dolorosa travesía personal.

La salud no es simplemente la ausencia de enfermedades. Hay quienes no padecen ninguna y no son, en modo alguno, sanos. No sólo ser sano es más que estar sano, es que estarlo es más que no tener enfermedades. Pero hay enfermos y no siempre resultan visibles en una sociedad que hace atlética ostentación de cuerpos esbeltos y saludables.

La enfermedad comporta una intrínseca soledad. Vérselas con uno mismo, en una desarticulación que se nos incorpora, nos toma y busca adueñarse de nosotros es duro y exigente. Y tanto se agradece la compañía como se comprende que hay un lugar, un punto sombrío al que nadie podrá acudir ni asistir, sino el propio enfermo. Allí habrá de encontrarse con el rostro de lo que nos toma y quiere hacer de nosotros algo diferente.

La enfermedad es triste y obsesiva, hasta provocar un cierto aislamiento. Para empezar, del espíritu. Las llamadas enfermedades del alma, su misterio, su silencio, su ausencia de obra, impiden cualquier calificación, pero acechan. Esa laguna que ronda la existencia de cada uno de nosotros y que constituye un enigma alcanza a tantos que, angustiados y desolados, sienten un mal sin objeto que hace la vida realmente difícil. Se mira alrededor buscando un poco de aire, una mirada, una palabra, algo que hacer o desear y que permita cualquier sana decisión. Aprender a vivir con ellas es duro y a veces necesario. Combatirlas, también.

La irrupción de la enfermedad lo modifica todo, hasta la escala de valores. Es entonces cuando uno comprende lo equivocado que estaba. Tanta obsesión, tanta preocupación, tanto desvelo, por asuntos que ahora muestran su insignificancia. La enfermedad llega en ocasiones con contundencia luminosa hasta alcanzar otros ámbitos decisivos.

Para empezar, los afectos. Una especial sensibilidad propicia tanto la indiferencia para lo que antes resultaba decisivo, cuanto una emergencia de los detalles. Y se siente con un sentir renovado, desconocido. O se anuncia la posibilidad de su pérdida.

En las habitaciones de los hospitales, clínicas, sanatorios, esperan seres muchas veces silenciosos, otros acallados, que padecen las dentelladas de la enfermedad. Muchos velan por ellos, con ellos, luchan por ellos, con ellos, pero los enfermos siempre resultan socialmente ocultos, incluso silenciados o escamoteados. Acallados por nuestra frenética actividad, esos seres siempre humanos se desvelan por vivir, incluso cuando el sufrimiento y el dolor trastornan todas las relaciones y todos los entornos.

En ocasiones, se atrofia el sentir. Y es tal la sequedad, que ya no sabemos ni llorar, como hay ciudades que no saben ni llover. La enfermedad no es un defecto que haya que reparar. Es un estado, pasajero o no, pero un estado que puede ser todo un mundo, un modo, una forma de vivir o de desvivirse. Y la cura y el cuidado requieren mano y corazón humanos. Sin ellos no existe el milagro poderoso del conocimiento y sus efectos.

No es fácil vivir con un enfermo y, menos aún, cuando se trata de uno mismo. Luchar con la enfermedad, comprender y ayudar a los enfermos es también aprender con ellos que nuestra inusual salud, que nuestra salud improbable, requiere la capacidad de vivir armoniosa y gozosamente, con el equilibrio agradecido de no estar enfermos. Incluso de estar y, ojalá, ser sanos.

Copyright: Clarín y La Vanguardia, 2007

Fuente: Intramed

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